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Aferrándose a la maternidad cuando se recibe un hijo con algún tipo de discapacidad

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Lean In – “Aferrarse” es definido por Sheryl Sandberg como: La mujer que se sienta en la mesa, reconoce sus retos, asume los riesgos, y persigue el objetivo con gusto. Esta es mi historia personal de cómo aferrarme a la maternidad fue la mejor manera de enfrentar una de las situaciones más difíciles de asumir en la vida, el nacimiento de uno o más hijos con algún tipo de discapacidad.

Todo el mundo espera tener el hijo perfecto. Todos queremos que nuestros hijos sean amados y aceptados. Enfrentar la realidad que de tu hijo puede haber nacido o diagnosticado con necesidades especiales no es una tarea fácil. Es entonces cuando aferrarnos a la maternidad es la mejor manera de encontrar la fortaleza y la pasión que necesitamos para acabar con nuestros propios prejuicios, para terminar de entender que no hay hijo más perfecto que el propio, sin importar su condición.

Yo tenía cinco meses de embarazo cuando el doctor me habló de la posibilidad de que mi bebé naciera con síndrome de Down. Fue el mismo día que también me enteré que dentro de mi vientre estaba creciendo un varón. Me sentí triste y culpable por traerlo al mundo en desventaja comparado con los demás, pero nunca pensé en renunciar a él. Lloré y oré durante los próximos tres meses. Le dije a Dios cosas como “Si de verdad existes, haz que este cromosoma demás desaparezca” o “Si realmente me amas, no enfrentes a mi hijo a  un mundo tan duro y lleno de prejuicios”

Mi mente y mi corazón estaban llenos de temor, resentimiento y dudas. No sabía si sería capaz de ser una buena madre para un hijo típico, mucho menos para un hijo con necesidades especiales. Un par de veces me sentí lo suficientemente fuerte para buscar en internet, y tener el valor de escribir esas palabras que tanto me dolían y me costaban aceptar “síndrome de Down” Y cada vez que lo hice, sólo encontré información triste y pronósticos difíciles de asimilar.

Me sentaba en el pasillo de la casa bajo la luz de la noche, tratando de acallar mi propia voz, buscando una señal que me ayudara a entender: Porqué yo? Porqué él? Porqué nosotros? 

Pese a todo, yo siempre amé a ese niño, y aún sabiendo que no era el hijo perfecto que todo el mundo quiere, era perfecto para mí. Era mi hijo, y desde el segundo en el que supe que crecía dentro de mí, lo amé, y siempre supe que ese amor transformaría mi vida para siempre.

Incluso dentro de mi vientre era dulce y tierno. Se movía despacio, parecía nadar mientras se acurrucaba dentro y acariciaba las paredes de mi cuerpo. No podía ni imaginarme cómo sería el momento en que lo pusieran en mis brazos. No tenía ni la más mínima idea de cómo se vería un recién nacido con síndrome de Down, pero sabía que sin duda, mi hijo sería el hijo más hermoso del mundo.

Finalmente, cuando el día llegó. No quise recibir la epidural ni ningún tipo de anestesia. Estaba decidida a sentir cada segundo de su llegada y darle la bienvenida con una sonrisa.

Lo tomé entre mis brazos y le sonreí. Le di un beso y sin decir una sóla palabra, se lo entregué a la enfermera para que lo lleve a terapia intensiva, ya que no respiraba bien. Durante las próximas horas no perdí la esperanza de que todo estaría bien. Cuando el doctor me llamó a la sala de terapia, caminé despacio repitiendo en mi mente, “Por favor Dios, quita ese cromosoma demás” Pero Dios nunca lo hizo; y a pesar que siempre supe que mi hijo nacería con síndrome de Down, escuchar al doctor confirmar el diagnóstico fue mucho más difícil de lo que nunca imaginé.

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Estaba acostado en una cunita de cristal rodeado de cables y máquinas conectadas a él. Tuve que apartar algunas de ellas para poder tomarlo entre mis brazos. Estaba respirando a través de una máscara de oxígeno mientras el doctor y las enfermeras me trataban de explicar más acerca de su condición. Recuerdo haber interrumpido al doctor pidiéndole que me deje amamantar a Emir. El doctor me dijo que no pusiera presión en mi misma, ya que generalmente los bebés con síndrome de Down no tienen la fuerza para comer o succionar. Lloré después de escuchar sus palabras.

Unos días después, pedí intentar darle de comer a Emir. El doctor me repitió la recomendación, pero yo insistí. Le quitó la máscara de oxígeno a Emir y lo puso en mis brazos. Lo acerqué a mi pecho desnudo y empezó a comer, mientras mis lágrimas de emoción se derramaban sobre su carita.

Ese fue el momento que cambió por siempre nuestras vidas  y nuestro destino. Desde ese momento supe que nuestras vidas no siempre serían fáciles, pero que siempre serían perfectas en sus propios retos y triunfos.

Entendí que siempre habrán personas que no creerán en él, o que no creerán en nosotros, pero que yo siempre lo haré,  y viviré la vida entera para darle la oportunidad de demostrar lo que puede ser. Y que no importe cuanto tiempo tarde, cada vez que consigamos un nuevo objetivo, será el mejor día para celebrar.

Y descubrí también que yo siempre seré la mejor persona para él, y que se alimentará por siempre de mi amor, de mi fé y de mi esperanza.

Y es así como hemos llegado donde estamos. No somos perfectos, pero somos felices.

Tres años más tarde, una nueva sorpresa llegó a mi vida. Mi hija también nació con síndrome de Down. Me sentí triste y confundida, pero ya sabía que ella estaba lista para demostrarle al mundo lo capaz que puede ser viviendo con una discapacidad.

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Hoy, crío dos hijos llenos de habilidades. Lo único que tengo en la vida es el amor de ellos dos, y en realidad, es lo que único que necesito para seguir adelante.

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Eliana Tardio

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